Tu ausencia me ha atravesado como hilo en una aguja. Todo lo que hago está cosido de tu color (W.S. Merwin).
Ante la muerte de un ser querido, separación, divorcio, baja laboral, despido, cambio de trabajo, cambio de domicilio… aparece un proceso normal en el que se producen una serie de reacciones internas y externas.
Las más comunes, aunque son únicas e individuales, suelen ser la rabia, ansiedad, miedo, culpabilidad, tristeza, dolores gástricos, cansancio, entre otras.
La pérdida más profunda es la muerte de un ser querido, siendo inevitable y natural vivir el duelo. Supone el momento final de la vida de una persona y el comienzo de un nuevo ser para sus allegados, que van a experimentar un dolor difícil, único, muchas veces complejo de describir. Se produce una verdadera crisis existencial que puede servirnos, según lo afrontemos, para crecer o para debilitarnos e incluso enfermarnos.
Tan sólo un 5%-10% de las personas desarrollarán un duelo complicado, que se produce cuando, pasado un tiempo, la persona no retoma su funcionamiento normal y se precisará de una evaluación profesional.
Pero los procesos de duelo y pérdidas, por muy normales que sean, se caracterizan por ser largos, no lineales y, en su culminación, la persona no será idéntica a la que era antes de ello.
A través de la terapia integradora y el acompañamiento, conocido como counselling, acompaño a la persona que ha perdido a un ser querido creando un espacio de respeto incondicional, en el que se expresa el dolor, se examinan los sentimientos, y se piensa sin culpa sobre la pérdida y asuma el duelo.
Además, juntos analizamos las consecuencias de la pérdida y ponemos en práctica tareas que ayudarán a que la persona recupere el interés por la vida, se sienta más esperanzada, vuelva a experimentar gratificación o vaya asumiendo nuevos roles.
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